










La Espiritualidad Ante La Muerte
Aquí estoy, en la sala de Terapia Intensiva, al lado de la cama de mamá. Ya hace 24 días que está aquí postrada. no sé cuánto tiempo más estará, no sólo en esta cama, sino tal vez en este mundo.
¡Qué
difícil que es todo esto!
Pese a ser médico, el enfrentarse con la posibilidad de perder a un
ser querido, no es fácil.
Y mientras estoy aquí, mis pensamientos vuelan, recordando todo lo que mi viejita me enseñó acerca de este momento, que ahora le toca vivir a ella y también a nosotros.
Y mientras escucho
su respiración dificultosa, recuerdo todas esas enseñanzas que
nos dejó esta maestra maravillosa. Maestra que no dictó clases
magistrales, pero cuyas palabras y ejemplo hicieron profundas marcas en nosotros,
sus hijos.
Voy a tratar de enunciar lo que me enseñó acerca de este tema
del cual no nos gusta hablar: la muerte.
1) TENGAMOS RESPETO
POR EL DOLOR AJENO, EL QUE SE SUFRE POR LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO.
O como dice la Biblia: “Llorad con los que lloran”.
Recuerdo dos episodios de mi vida en la que me enseñó esto.
Cuando era niño e iba a la escuela primaria, un día nos despertó
a mi hermano y a mí y nos dijo: “Hoy no van a ir a la escuela
porque murió el tío Pedro, el esposo de la tía Matilde.
Ella está muy triste, así que por el dolor de ella, no van a
ir. Hoy van a jugar sin hacer mucho ruido, por amor a la tía Matilde”.
¡Qué sabiduría para hacernos entender lo que dice la Biblia!
En otra oportunidad, era un 24 de diciembre y murió la esposa del zapatero que vivía en frente de nuestra casa. Me acuerdo que mamá nos pidió que festejáramos la Navidad, pero que no hiciéramos ruido, porque Don Borra, el zapatero, estaba muy triste y, seguramente, no tendría ganas de oír ruidos. Porque la muerte trae dolor a los seres queridos y les da ganas de llorar.
2) Pero mamá
también nos enseñó que para el cristiano, el morir trae
alegría y descanso.
¡Y qué oportunidad usó para enseñarnos esto!
Los tres hijos estábamos en un campamento de jóvenes, a orillas
del mar, lejos de casa.
Cuando salimos
hacia ese destino, dejamos a nuestra abuela materna bastante enferma. Unos
días después, hablamos por teléfono a casa, y en la conversación
preguntamos a mamá acerca de cómo seguía la abuela. Su
respuesta fue: “Desde ayer está muy bien”. ¿En serio?,
fue nuestra contestación. Y ella con mucha paz continuó diciendo:
“Sí, porque desde ayer está en el cielo con el Señor”.
¡Magnífica esperanza la del cristiano, que puede pensar así
acerca de su mamá, cuya presencia en este mundo ya no iba a ser visible!
Gracias viejita
por habernos enseñado esta verdad con tu ejemplo.
3) GRATITUD AL SEÑOR PORQUE SE LLEVÓ A UN SER QUERIDO. ¿Qué?
¿Es esto posible?
Recuerdo cuando falleció papá. Había estado internado
por casi dos meses y un día, 2 de noviembre, su corazón dejó
de latir.
Estábamos
con Lalo, mi hermano, y mamá rodeando su cama. Los tres nos dimos cuenta
que el momento doloroso de la partida había llegado. Y en ese momento,
mamá oró a Dios dando gracias y diciendo: “Gracias Señor
por todos estos años que estuvimos juntos. Gracias porque dejó
de sufrir”.
¡Qué maestra! Gracias Señor por sus enseñanzas.
4) Me enseñó
con su ejemplo que HAY QUE SERVIR AL PRÓJIMO.
Toda su vida fue de servicio.
Cuando se enteraba de alguien que estaba enfermo, allá iba ella.
Cuando alguien cumplía años, allá iba con un pañuelito
u otro presente.
Cuando se enteraba que alguien iba a pasar en soledad una Navidad, ponía
un plato más en la mesa para que viniera a casa.
¡Cuántos
pulloveres habrá tejido para misioneros, alumnos de la Escuela Bíblica
o para personas que no tenían qué ponerse!
Más de la mitad de su vida la vivió cuidando familiares enfermos.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el tema de la muerte?
Les cuento.
Mamá había pasado 73 días en el Sanatorio asistiéndo a papá, casi sin salir del establecimiento. Cuando murió y estábamos en el velatorio, llegó la noche. Le sugerí a mamá que cerráramos la sala velatoria y fuera a descansar. Yo presentía que no iba a acceder a mi propuesta, pero, ¡oh sorpresa!, me respondió: “No hay problema, hagamos como dispongan ustedes. Todo lo que tenía que hacer por él lo hice mientras vivió, ahora ya no hay nada más que pueda hacer. El no me necesita aquí.
Y nos fuimos a
descansar, con otra lección aprendida de la maestra.
5) Pero hay algo más.
Hubo una muerte, un tipo de muerte, de la cual nunca quiso hablar. Siempre
respetamos su silencio.
Jamás nos contó sobre la muerte de su padre, nuestro abuelo.
Ella perdió a su papá cuando era muy niña.
Nos enteramos por otras bocas que nuestro abuelo, luego de una depresión
por crisis económicas, se quitó la vida.
Jamás oímos
esta historia de su boca.
Creo que cualquier persona que la conoció, viendo su ternura, su paz,
su alegría, no podría siquiera imaginar que de niña hubiese
tenido que soportar tanto dolor.
Lo superó y guardó ese secreto, sólo con la ayuda de
Dios. Y sin embargo no dejó traslucir un dolor tan profundo que secretamente
la acompañó toda la vida; más bien irradió paz
a quienes la rodeaban, consoló a quienes, afligidos, se acercaron a
ella.
…………………………….
Pasaron tres días
desde que escribí todo lo anterior.
Desde ayer, a mamá no la tenemos entre nosotros.
Apenas volví del Sanatorio donde le di el último beso, Dios
mismo llenó mi alma de paz, guiándome a la lectura de un versículo
bíblico que reafirmó todas las enseñanzas que mi viejita
me dejó sobre este tema.
“Entonces oí una voz del cielo que decía: Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan”.
Luego del sepelio, se leyó el Salmo 23 cambiando el tiempo verbal y fue como si mamá lo estuviera recitando desde la morada que le preparó Jesús:
“El Señor fue mi pastor,
nada me faltó,
En verdes pastos me hizo descansar.
Junto a tranquilas aguas me condujo,
me infundió nuevas fuerzas.
Me guió por sendas de justicia
por amor de su nombre.
Aún si anduve por valles
tenebrosos
no temí peligro alguno
porque Tú estuviste a mi lado.
Tu vara de pastor me reconfortó.
Dispones ante mí un banquete
en presencia de mis enemigos.
Has ungido con perfume mi cabeza.
Llenas mi copa a rebosar.
La bondad y el amor me
siguieron todos los días de mi vida.
Y en la casa del Señor
habitaré PARA SIEMPRE”.